
Cada mañana con las vendas del día anterior
en los puños
la sangre hecha cuajo y costra acumulada
los puños acalambrados y la cara a moretones
despierta.
Es difícil realmente pelear con los pies atados
con una mano la guardia alta cuidando la espalda
-esperando siempre el golpe cobarde-,
con la otra desafiando el reto por no desvanecerse
soportar el propio pulso
las piernas
temblando.
El salado protector bucal, el poema
siempre entre los dientes
deformando la ya deformada boca.
Un boxeador diminuto en un ring demasiado enorme
sin saber cuántas veces he besado la lona
o si todo ha sido tan sólo un sueño
del que no regreso
un sueño
en el que siempre me doy cuenta de la cuenta
cuando sólo quedan
tres segundos
8....
9...
a veces
sin querer me levanto
otras creo no haberme levantado
espero en la lona sin puños, sin cuerpo y sin cabeza
pero la campana jamás suena.
Un boxeador,
cuya cabeza es un aparato descompuesto
el cuál intenta arreglar a puro golpe, pero
con el transcurso, la memoria del número de asaltos
se olvida
un boxeador con amnesia
con la mirada del tigre apagada
y los puños temblando
...y algunas veces la vida gana.
lunes 7 de septiembre de 2009
Mohamed Alí en parkinson contra Rocky Marciano
Etiquetas: boxeo, derrota, jadeos, mohamed ali
lunes 10 de agosto de 2009
Las Palabras – Jean Paul Sartre: el amor por los amigos, la juventud y la infancia.
No sé a cuantos les pasa algo por el estilo: ocupan su días con un tema en mente y de repente pareciera que cualquier libro que llega a las manos contribuye al mismo; en mi caso: los recuerdos de la infancia y la juventud. Las Palabras, es lo primero que leo de Sartre, antes había probado ya con El Ser Y La Nada, pero después de tardarme quince días para leer, quizá, treinta páginas, me di por vencido y aún no creo estar listo para retomarlo. Puede ser que le tomará demasiado respeto al mismo autor que aseguraba habérselo perdido por completo a Flaubert y Balzac, para librarse de intimidaciones.
Lejos de sus lecturas y su formación, creo sentir que Sartre y yo fuimos niños muy parecidos: los dos carecimos de una imagen paterna contra cual competir, el superyo psicoanalista nos lo ahorramos, en cambio fuimos hijos de unas de esas madres niñas que parecen más compañeras que mentor adulto, entramos a la lectura fingiendo que leíamos y, de repente, ya habíamos caído en la trampa. Los dos católicos, niños bien portados que descubrimos en el ser buenos, la manera perfecta para manipular el mundo alrededor. Pero ¿qué importa todo esto?, al fin de cuentas todos compartimos demasiado a temprana edad, además en lo que a mi respecta, no escribí novelas a los 10 años y aún a los 21 tampoco he escrito alguna.
¿Cuál es el poder de Las Palabras? Sin duda alguna, la sinceridad de Sartre respecto a su propia vida. Para poder escribir sobre uno es necesario dejar de serlo, perder luego todo pudor y, para lograr aún ser lo más transparente posible, pensar que nadie va a leer todo lo que se ponga. Pareciera que la clave queda escondida en el relato corto del primer texto que escribe Sartre en su libreta: este corre entusiasmado a enseñarlo y lo único que le dicen con cierto desagrado es: “niño no fuiste sincero, si no eres sincero no sirve”. A eso me refería hace algunos meses al hablar de no falsear voces y ser auténtico, uno puede no haber sido marero y escribir como marero, pero antes deber entregarse al personaje y comprenderlo, sino vano es. Pero creo que aquella vez no me expliqué lo suficiente.
Como siempre que comento un libro, no me interesa desarmarlo y analizarlo, sino relacionarlo y situarlo a través de lo que en mí provoca. ¿Qué es mejor, contar una película o recomendarla aduciendo: te sacará las lágrimas? Hablar ahora de la novela de Sartre, me sirve de excusa; en verdad no me importa mucho Sartre, sino el amigo del cuál habla casi al final de su relato, Paul Nizan. ¿Qué púbero no se vería flechado por aquella frase desgarradora: “Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”? A partir de allí me volví su devoto, era el primer autor en justificarme y hacerme compañía en el proceso.

La Conspiración, es el único libro que he leído de Nizan, novela en la que relata las aventuras de un grupo de jóvenes que pretenden sabotear al ejército desde adentro y contribuir así a la causa socialista, no por identificación claro está, sino por justificar su existencia, al final de cuentas todos los planes se acaban cuando uno de ellos, enamorado de una niña burguesa decide suicidarse. Aún sigo en búsqueda de su otro libro: Adén Arabia, y es que Nizan es casi invisible por la enorme sombra de su amigo. Haber conseguido La Conspiración pareciera ser un milagro, y comprarlo por Q.20, una muestra de que los libreros no conocen los libros.
Sartre relata como aquel niño nuevo que llegó a la clase, se convirtió en el centro de su admiración, era el único niño que hablaba de su familia de manera irónica, sabía que todo en él era disimulo: “estaba dominado por las emociones violentas y pasivas, no gritaba, pero le vimos ponerse blanco de ira, tartamudear; lo que tomábamos por dulce no era más que una parálisis momentánea; no era la verdad lo que se expresaba por su boca, sino una especie de objetividad cínica... En clase brillaba mucho menos, había leído mucho y quería escribir”. Aquel disimulo, mantuvo a Sartre entre la desconfianza y la emulación; tal como escribe más adelante, no fue hasta años después que se hicieron amigos, y años después terminaría amándolo.
Parecieran ser la fórmula completa, la libertad interior, pasiva y tímida de Sartre, y el carácter desbordado de Nizan, salvaje, necesitado de acción. Así relata como escuchaba con atención las pláticas de sus amigos, entre los que se situaba un Nizan que luego de una noche de interminable alcohol, amanecía entre extraños hablando sobre la muerte. De esas dos vidas, queda la sospecha de haber resultado las concepciones existencialistas de Jean Paul.
“Nizan a los veinte años, miraba a las mujeres y los autos, todos los bienes de este mundo con una palpitación desesperada, había que conocer todo, había que tomar todo en seguida... Nizan y Maheu sabían que serían objeto de una agresión salvaje, que los arrancaría del mundo vivos, llenos de sangre.” Y así fue, el 23 de mayo de 1940, en Dunkerque, durante la Segunda Guerra Mundial, un disparo acabó con Paul Nizan a los 34 años de edad, 23 años antes de que Sartre lo recordara en Las Palabras.
Desde la lejanía de las tardes de juegos irresponsables, desde la sensación agria de haber perdido la posibilidad de tener sueños ingenuos a la luz del día, desde la ausencia y el abandono de los amigos, desde su misma muerte, sólo desde ese punto parece posible elevarse lo suficiente para recordar y desentrañar los secretos de la infancia y la juventud. Desde la vida apresurada que termina antes de tiempo, desde Paul Nizan, ahora desde Andrés Caicedo, sólo bebiendo ese concentrado agrio de juventud, parece posible envidiarles los años y cómo Sartre, regresar para anotar en que momento se fue acabando todo.
“Para que lo jóvenes se comporten, los hombres de cuarenta años les cuentan que la juventud es el tiempo de las sorpresas, de los descubrimientos y de los grandes encuentros, y todas sus historias sobre lo que harían si tuvieran de nuevo veinte años... La juventud sabe mejor que es tan sólo, el tiempo del aburrimiento, del desorden. No hay una noche a los veinte años en la que uno no se duerme con esa cólera ambigua que nace del vértigo de las ocasiones frustradas. Como la conciencia que se tiene de la existencia es aún dudosa y que se pretende hacer pie en aventuras capaces de probar que se vive, los finales de las veladas no son alegres. Ni siquiera se está lo suficiente cansado para conocer la felicidad en el sueño. Este tipo de felicidad viene más tarde”.

Etiquetas: Jean Paul Sartre, Las Palabras, Paul Nizan
lunes 3 de agosto de 2009
Artefacto 520
Cómo se dio, no sabe porque no estaba allí cuando el asunto en cuestión o sea el asteroide 520 pasó por medio cielo y alguien lo bajó de la galaxia a morongazos de deseos. Sólo sabe que entre la nuca y el corazón círculos concéntricos parecen haberle escrito un poema extra supra terrenal que en algún lado tiene que decir amor, por que un poema que no dice amor no es un poema, asegura; que en algún lado tiene que decir la palabra alma por que un poema que no dice alma no es un poema. Ha visto que simétricamente la geometría que su cuerpo forma algo tiene que ver con el pedazo de roca que pasó la noche que el no estuvo. Su corazón es radiactivo advierte la chica de cabello plateado corto que le pone la oreja en el punto medio que va de la boca del estómago a la boca de sus pulmones, y se da cuenta que todo lo que escucha es verde. Verde, los años son daltónicos y sus canas ahora que lo piensa nunca podrán ser blancas. Existe un rastro de ceniza con olor a gasolina entre su ventana, la cabecera de su cama y el punto tibio de sus sueños, siempre inflamables, advierte entonces que aquel asteroide aún puede contraer peligros, pero no puede formular planes estratégicos si no conoce las coordenadas exactas en donde aterrizó el artefacto. No alcanza a juntar los ojos, no porque la nariz le estorbe sino porque el giro por la nunca se encuentra a estas horas demasiado congestionado. Arrastra la tela de sábana antes que el planeta que extravió su hijo asteroide en la vía láctea lo encuentre desnudo y le regale un resfriado. No hay manera de que se explique como debajo de las cerámicas un objeto brillante no imaginado magnetiza la batería de la cocina, la argolla de compromiso y los clavos que sostienen las fotos familiares. Ella que se voltea de los confines de la esquina de la cama donde tiene su almohada. Ella que lo abriga hasta las orejas, que se sale al patio a encender un cigarro, llenar crucigramas y numerar cometas.

*las fotos son tomadas de la boite a buces.
Etiquetas: narrativas
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